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Conversaciones con un árbol (I)

¡Ya están saliendo las primeras yemas en las ramas de los árboles! Qué alegría siento. La Vida, que durante todo el invierno se desarrollaba bajo tierra, comienza a emerger y a ser visible.

El árbol que observo me dice que algo tan cotidiano como el cambio de estación esconde un profundo significado: incluso durante los períodos de quietud, la Vida sigue obrando su milagro, incesante, sin parar. Los inviernos, por fríos y duros que parezcan, son necesarios. Tienen potencial.

Y esto no es sólo para los árboles. También es para esa persona que, aparentemente, está quieta, marchita, sin salida. Al igual que ocurre con el árbol durante el invierno -cuyo exterior parece acabado sin sus hojas pero cuyo interior está lleno de vida, nutrido por su savia- ocurre con esa persona de exterior marchito y de pobre movimiento. Por su interior fluyen infinitas oportunidades, aquellas potencialidades que la Vida te concede por el hecho de estar vivo. Y durante “su invierno” está librando una batalla que no conocemos.

¡Y es que es sencillo caer en el espejismo de lo superficial! Este árbol me cuenta lo erróneo que sería ceder al juicio prematuro, basado en una observación ligera, carente de profundidad. Porque si bien lo exterior es una parte fundamental que nos da pistas del interior, estas sólo se nos revelan cuando permitimos que la esencia de lo observado nos penetre. Cuando nos detenemos por un momento. Cuando nos conectamos con lo observado.

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Es en ese ejercicio de salir de nosotros mismos, de nuestro papel, de nuestra máscara, de nuestro personaje, cuando permitimos que la esencia del cuerpo observado nos invada. Es en ese acto de total desapego en el que todo lo que se esconde bajo lo físico superficial nos revela su esencia.

Ruidos internos, actividad interior no controlada, estereotipos y prejuicios, pensamientos que nos venden -y que decidimos comprar- o diferentes tipos de “ego-” generan esa autohipnosis en la que estamos sumidos y que nos impide llegar hasta la esencia de lo observado.

¿Cómo percibir esa esencia? Quizás todo se reduzca a conseguir pequeños momentos de quietud interna y de apertura que nos vuelvan permeables a todo lo que cada persona, cada objeto y cada ser tiene para contarnos. No lo sé. Pero sí sé que, si no somos capaces de percibir la vida interior de un árbol durante el invierno, no podremos llegar a captar la esencia de las personas con las que nos cruzamos.

Todo esto me contó el árbol.

 

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